
La vida entre los escombros
Les escribo desde la perspectiva de quien ha estado rodeada de escombros, de quien aun tiene polvo en la ropa, de quien solo piensa en la bendición inmerecida de estar con vida, de quien ha tenido el llanto atrapado en la arganta y, al ver algunos rescates, en medio de tanto dolor y destrucción, ha visto las manifestaciones humanas más profundas y hermosas.
REFLEXIONES
Rosalía Moros de Borregales
6/28/20265 min read


Hoy les escribo no desde la perspectiva de alguien que ha meditado el tema, que ha encontrado un camino para descifrar, con limitaciones humanas, ciertas verdades. Les escribo desde la perspectiva de quien ha estado rodeada de escombros, de quien aun tiene polvo en la ropa, de quien solo piensa en la bendición inmerecida de estar con vida, de quien ha tenido el llanto atrapado en la garganta y, al ver algunos rescates, en medio de tanto dolor y destrucción, ha visto las manifestaciones humanas más profundas y hermosas.
Porque así nos han moldeado tantos años de escombros acumulados a todos los venezolanos; han pretendido destruirnos, pero en medio de las ruinas nuestro amor se ha engrandecido. Nadie se ha rendido frente a la montaña de escombros, la vida que yace debajo de ellos ha sido la fuerza más poderosa para persistir con gastados instrumentos; sin ningún tipo de seguridad para resguardar la vida propia, sin cascos, sin guantes, sin las herramientas necesarias; pero, con la fuerza extraordinaria del amor que nos enlaza con el llanto de un niño, ante el cual todos somos padres, todos somos abuelos y hermanos. Lo que le pasa a uno nos pasa a todos.
Son los hijos infinitos de Andrés Eloy Blanco: “…Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala, todo llanto nos crispa, venga de donde venga. Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro y el corazón afuera. Y cuando se tienen dos hijos se tienen todos los hijos de la tierra, los millones de hijos con que las tierras lloran, con que las madres ríen, con que los mundos sueñan…” Para los venezolanos después del temblor de la tierra ya no hay niños ajenos, ya no hay vidas desconocidas, todos estamos atravesados por el mismo dolor, todos tenemos la misma esperanza, la esperanza de ver surgir la vida misma de en medio de los escombros.
No tenemos respuestas, ni siquiera tenemos preguntas, porque cuando la tierra ruge y sus fuerzas se desatan todos quedamos reducidos al mismo ser humano. Y lo único que importa es el corazón que aun late. Quizá los más afortunados sean los que trascendieron este mundo, los que no verán nunca más la mezquindad humana de unos pocos que ignoran la vida de muchos. Eso no lo sabremos sino cuando nosotros mismos hayamos trascendido. Mientras tanto, así como el día y la hora de nuestro nacimiento no la decidió ningún ser humano, es imperativo creer que el día y la hora de nuestra muerte están en manos del Altísimo.
Mientras cientos de familias atrapadas en las edificaciones derribadas esperaban la ayuda especializada; la ideología ocupó el lugar que le corresponde a la compasión. Cuando cada minuto era decisivo, aceptar la ayuda era un deber moral. En los momentos de mayor fragilidad de un pueblo se revela el corazón de quienes tienen la responsabilidad de cuidarlo. La nobleza del verdadero liderazgo se mide por la capacidad de proteger la vida. No obstante, los venezolanos de hoy que hemos quedado de pie, sabemos que estamos parados sobre nuestros muertos, y la vida que en ellos se apagó ruge como un león dentro de cada uno de nosotros, la voz que ya no se escucha, entre torres fracturadas de concreto, grita desde nuestras entrañas. Somos todos sobrevivientes. Si quedé con vida en esta tierra será para ser ruiseñor de las desdichas de mi patria. Como expresó el apóstol Pablo: “Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos.” II Corintios 4:8-9.
Es verdad que le hemos visto la cara al mal, no vamos a romantizar la tragedia; sin embargo, también es verdad que le hemos visto la cara a Dios; en cada ser humano que se entrega con todas sus fuerzas para rescatar a otros. En la solidaridad de naciones que envían sus recursos y su gente para ayudarnos, en el abrazo del amigo y del desconocido, en los miles que entregan bienes y voluntades para sanar la herida, para saciar el hambre, para abrazar al que llora sin consuelo. Hay muchos que están allí, presentes, quitando piedras para llegar a los atrapados. Y también hay muchos que están quitando piedras de desesperanza, de miedo, de soledad con su escucha atenta, con su mirada amorosa, con su mano amiga y sobre todo con su oración.
Encontrar la vida en medio de los escombros nos recuerda a nuestra historia como cristianos, porque nuestra fe no nació en un jardín florido, nació en una cruz, donde las manos y los pies de un hombre fueron por los clavos traspasados, donde una lanza fue clavada en su costado, donde las espinas su cabeza coronaron. Un rescatista no comienza moviendo piedras al azar. Primero, guarda silencio, escucha, busca una voz. Y cuando escucha un golpe, un susurro o un llanto ya no ve un montón de escombros; ve una vida. Ahora el mundo ve a una Venezuela derribada y oprimida; pero Dios sigue escuchando el susurro de nuestra oración, el latido de nuestro corazón. Estamos en medio de ruinas; pero, de ellas seremos levantados. No permitiremos que ningún sufrimiento, ni el ocasionado por las fuerzas de la naturaleza ni el de la opresión humana, nos roben la capacidad de levantar la cabeza con dignidad y seguir amando. Cada vida perdida será la inspiración para no quedarnos caídos, para levantarnos con el poder de Su amor.
Jesús llevó hasta el extremo el amor que no retrocede al sufrimiento, no evitó la cruz, la vivió y atravesó el dolor. Aun después de su muerte, cuando apareció a sus discípulos, fue reconocido por las heridas de la cruz. La resurrección no borró sus heridas; el resucitado conservó las marcas de los clavos… Venezolanos, resucitaremos del polvo. Y esta nueva vida no será sin cicatrices; pero, las cicatrices no tendrán la última palabra. Porque la última palabra la tiene el SEÑOR.
“Reedificarán las ruinas antiguas, y levantarán los asolamientos primeros, y restaurarán las ciudades arruinadas, los escombros de muchas generaciones.” Isaías 61:4.


Rosalía Moros de Borregales
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