El peligroso recorrido de las comunidades cristianas en el sur del Líbano para volver a casa

A lo largo de la tensa frontera sur del Líbano con Israel, tres localidades cristianas se encuentran atrapadas en la primera línea de fuego de una guerra que no eligieron ni apoyaron.

NOTICIAS CRISTIANAS

Lcdo. Juan Carlos Moros Ortega

9/10/20263 min read

Especial para Vida TV

Ain Ebel, Rmeish y Debel, conocidas en la región como el "Delta de la Resiliencia", son los últimos pueblos cristianos habitados en la zona fronteriza. Desde que los enfrentamientos entre Israel y Hezbolá escalaron a una guerra a gran escala en 2024, los residentes han tenido que soportar la muerte, la destrucción de su patrimonio y un aislamiento cada vez más asfixiante del resto del país.

Hoy en día, el simple hecho de regresar a sus hogares se ha convertido en una odisea extenuante. Con las carreteras habituales destruidas o inaccesibles, los habitantes se ven obligados a viajar en convoyes organizados, atravesando puestos de control militares y territorios ocupados por las fuerzas israelíes; una dura prueba que muchos ya han bautizado como el "camino al Calvario".

Un viaje de 12 horas a través de la tensión y el miedo

Los convoyes hacia estas aldeas se organizan casi a diario, escoltados habitualmente por Cáritas y la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (FPNUL). Transportando ayuda humanitaria, estas caravanas suelen estar compuestas por unos 30 vehículos. Sin embargo, un trayecto desde Beirut que antes tomaba un par de horas, hoy puede extenderse hasta por 12 horas o más.

La jornada comienza a las 5:00 a.m. y el convoy a menudo no llega a su destino hasta pasadas las 6:00 p.m.

  • El primer obstáculo: Uno de los primeros puntos de parada es un puesto de control del ejército libanés. Allí, los residentes deben permanecer dentro de sus vehículos durante horas, mientras el sonido de los ataques aéreos y el impacto en las colinas circundantes elevan la tensión y el miedo.

  • Territorio ocupado: Posteriormente, la caravana ingresa a rutas que atraviesan territorio bajo ocupación israelí. En la zona de Naqoura, a la vista del mar Mediterráneo —al cual ya no tienen permitido acceder—, comienza otra larga espera. Bajo el intenso calor, a los pasajeros se les prohíbe bajar de los autos.

A pocos metros de distancia, es posible observar soldados y vehículos militares israelíes. Para los residentes, la experiencia es descrita como profundamente humillante: están en su propio país, pero deben esperar la autorización de un ejército extranjero para poder llegar a sus propias casas. Y siempre bajo la incertidumbre de si se les permitirá avanzar o si, tras un día entero de espera, serán obligados a regresar a la capital.

Las víctimas invisibles del trayecto

El perfil de quienes realizan este viaje expone la crudeza de la crisis. Muchos son ancianos o personas enfermas que tuvieron que viajar a Beirut para recibir tratamiento médico, incluyendo cirugías recientes, y que deben soportar largas horas al sol sin agua suficiente o acceso a baños.

También viajan mujeres embarazadas que van a dar a luz a la capital y regresan con sus recién nacidos, así como jóvenes universitarios. En el ámbito económico, los convoyes transportan ganado; trágicamente, algunos animales han muerto sofocados por el intenso calor tras horas de retención.

"Sufrimos inmensamente... A veces esperamos una semana entera para recibir la aprobación y poder regresar a nuestro pueblo" — relata Maroun Louka, un padre de familia que debió viajar a Beirut por una emergencia médica. "Mi tío y mi primo fueron asesinados. Nuestras casas y mi prensa de aceitunas sufrieron daños... pero nuestros padres y abuelos están profundamente arraigados en este pueblo. Pasaron sus vidas aquí. ¿Podemos simplemente venir y abandonarlo? No. Irnos sería extremadamente difícil".

La Iglesia como pilar de resistencia

Aunque este viaje revela las crudas realidades de la guerra y la ocupación, también es un reflejo de la fe y la fuerza de quienes se niegan a abandonar sus raíces.

El padre Najib al-Amil, sacerdote en la localidad de Rmeish, destaca el papel central de la Iglesia para infundir valor. "A través de nuestras homilías, animamos a la gente y los guiamos en la oración. Cada día, rezamos el rosario y tenemos adoración eucarística", explica, señalando que los grupos parroquiales se mantienen activos visitando a los enfermos y ayudando a los más necesitados.

El respaldo del Vaticano también se ha hecho sentir en terreno. El arzobispo Paolo Borgia, nuncio apostólico en el Líbano, ha sido descrito por los locales como el "santo nuncio". A pesar del peligro inminente y los bombardeos, insistió en llegar hasta la zona para sentarse con la comunidad y celebrar la Eucaristía.

Por su parte, el padre Samir Ghaoui, presidente de Cáritas Líbano, reafirmó el compromiso de la Iglesia Maronita y Católica: "Desde el comienzo de la guerra, no los hemos abandonado. Nuestra decisión fue estar al lado de cada hogar cristiano que eligió permanecer en su casa y en su tierra. Tienen derecho a vivir con dignidad... Cualesquiera que sean las dificultades, seguiremos encontrando la manera de llegar a ellos".

Adaptación y redacción periodística para las plataformas digitales de Vida TV, basada en los reportes internacionales desde el terreno.

Por: Periodista Juan Carlos Moros Ortega / CNP 21179

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